1- Protege a las futuras generaciones
Los ocho plaguicidas causantes de cáncer que más frecuentemente se encuentran en los alimentos, multiplican por cuatro el riesgo de cáncer entre la población infantil.
La elección de la comida que hagamos los padres tendrá un fuerte impacto en la salud de nuestros hijos.
“Nosotros no hemos heredado la tierra de nuestros padres, la tomamos prestada de las futuras generaciones..., dijo Lester Brown”.

2- Frena la erosión de suelos
En Argentina, la erosión de suelos afecta al 20,4 por ciento de la superficie total del país. En el caso de Uruguay, se trata del 25 por ciento. En la agricultura convencional, la tierra no es más que un medio para hacer crecer plantas que se prepara mecánicamente y con insumos químicos. Las granjas cultivadas de esta manera enfrentarán graves problemas de erosión, como resultado de esta práctica.
El suelo vivo, abonado de manera natural, es el eje central de la cadena alimenticia en las granjas ecológicas. En Uruguay se fertiliza el 80% de la superficie agrícola nacional y se consumen 179.5000 toneladas de fertilizantes. En Argentina se utilizan anualmente 4,5 de fertilizantes por hectáreas.
3- Defiende la calidad del agua
El agua representa dos terceras partes de nuestra masa corporal y cubre tres cuartas partes del planeta. A pesar de su importancia, cada década disminuye la disponibilidad de agua per cápita en los cinco continentes y se extrae más agua subterránea que lo que permitiría la posible recarga natural. Los plaguicidas han contaminado las fuentes primarias de agua potable de más de la mitad de la población.
4- Ahorra energía

La agricultura ha cambiado drásticamente en las últimas tres generaciones. De la agricultura familiar basada en el esfuerzo humano se ha pasado a la agricultura dependiente de grandes centros manufactureros que utilizan combustibles fósiles. Las granjas modernas consumen más petróleo- el 12 por ciento del total del suministro energético de Estados Unidos- que cualquier otra industria. Actualmente se destina más energía a la producción de fertilizantes sintéticos que a preparar la tierra, sembrar y recoger la cosecha.
5- Come sin química
La mayor parte de los plaguicidas aprobados para el uso agrícola fueron registrados mucho tiempo antes de que se llevaran a cabo las investigaciones que relacionaron estos productos químicos con el cáncer y otras enfermedades. En EEUU, según reconoce la agencia de protección ambiental, el 90 por ciento de los fungicidas, el 60 por ciento de los herbicidas y el 30 por ciento de los insecticidas legalizados son cancerígenos.
Un informe de la Academia Nacional de Ciencias concluyo que los plaguicidas pueden suponer un incremento absoluto de 1, 4 millones de casos de cáncer sólo en los EEUU. Los plaguicidas son venenos diseñados para matar organismos vivos y por lo tanto también pueden resultar nocivos para los seres humanos. Además del cáncer, los plaguicidas provocan defectos en los fetos, daños en el sistema nervioso y mutaciones genéticas.
En Uruguay en 1990 había 861 productos comerciales de plaguicidas de los cuales el 42 por ciento son probablemente nocivos. En Argentina el 4,5 por ciento de los principios activos de plaguicidas, importados en 1993, eran prohibidos en su país de origen. En pleno 2007, esta relación aún se mantiene.

6- Preserva la salud del agricultor
Los agricultores expuestos a los herbicidas tienen un riesgo seis veces superior de contraer cáncer que el resto de los trabajadores. Por ejemplo, en California, los casos de envenenamiento por plaguicidas crecieron un 14 por ciento anual desde 1973 y se doblaron estas cifras entre 1975 y 1985.
La salud del agricultor está especialmente amenazada en nuestros países, donde los plaguicidas se utilizan prácticamente sin ninguna regulación. Los casos de envenenamiento por plaguicidas se elevan a un millón al año en todo el mundo. Situaciones como las de los cultivos de banana en Ecuador, Brasil y Costa Rica son muy conocidas.
7- Ayuda a las pequeñas granjas
La mayoría de las granjas ecológicas pertenecen a los pequeños productores familiares independientes que cultivan un área inferior a 40 hectáreas. En Uruguay, entre 1960 y 1990 desaparecieron 45.658 establecimientos agropecuarios, ante un proceso de mayor concentración en la tenencia de la tierra y de consolidación de la agricultura extensiva.
En Argentina, el 1 por ciento de las propiedades son latifundios y representan el 37 por ciento de las tierras ocupadas, mientras que el 43,2 por ciento de las propiedades son minifundios que representan el 3,4 por ciento de las tierras.
En nuestros países, la agricultura ecológica aparece como una de las actividades de supervivencia de los productores familiares y de revitalización de las zonas rurales más deprimidas económicamente.

8- Compra a precios reales
La producción de alimentos ecológicos no produce externalidades (o costos que pagan otros) por lo tanto es más eficiente desde el punto de vista económico. La agricultura convencional provoca, a corto y largo plazo, degradación de los recursos naturales (agua, suelos), y consume un fuerte insumo de energía.

9- Favorece la biodiversidad
El monocultivo es el estandarte de la agricultura extensiva. Y si bien, esta práctica hizo triplicar la producción alimenticia en Europa y estados Unidos entre 1950 y 1970, también supuso la pérdida de diversidad vegetal y de minerales y nutrientes naturales de los suelos.
Fertilizantes químicos en cantidades industriales han reemplazado a estos nutrientes, pero no han evitado que las zonas de monocultivos sean más susceptibles a las plagas. Pese al incremento en el uso de plaguicidas, las pérdidas de cosechas causadas por plagas también aumentan ya que algunas especies se han vuelto genéticamente resistentes a éstos.

10- Disfruta de un mejor sabor
Muchos conocidos chefs de cocina emplean alimentos biológicos en sus recetas. ¿Por qué? Por una sencilla razón: los cultivos ecológicos "saben" mucho mejor. En las granjas ecológicas el suelo se mantiene vivo y sano; éste enriquece la planta... y a nuestros paladares.

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